como un padre y un hijo

Aqui va otro. He intentado seguir los consejos que me habeis ido dando, aunque creo que no me ha ido bien...de hecho nada mas publicar la entrada ya me digeron que el texto no se entiende muy bien, será porque es un resumen de un texto más largo, sera porque soy muy manazas con el lenguaje de Cervantes...(por qué me metere en estos berenjenales)...En fin, ya me direis!!!!

Barcelona. Sobre las siete y algo, despues de varios días andando y dando vueltas visitando todo lo visitable, empezamos a darnos cuenta de esos detalles en los que sólo te fijas cuando pasan sobre tu retina muchas veces: los detalles, lo limpio o sucio del entorno, el ruido... Yo me di cuenta de la tremenda cantidad de bicicletas que había, pero una, y sólo una, fue la que realmente captó mi atención.

Esa era una como las demás, no tenia "nada". Era una de esas de montaña, con ruedas lisas para ir por el asfalto, blanca, con una cesta delante y un asiento muy cuco para llevar a un niño pequeño detras...Era como casi todas las bicicletas de la ciudad. Estaba, como el resto, atada a una farola por la rueda delantera y, también al igual que las demas, los arañazos delataban lo dificil que era moverse en ese medio tan frágil.


Sin embargo hubo algo que me hizo preguntarme sobre el presente de esa bicicleta. El cambio de marchas, la cadena, el manillar...todo lo metálico estaba ahora totalmente oxidado. También en el suelo había marcas ocres que caían justo en vertical desde las partes afectadas. Como si hiciera años que no se mueve de ese punto.

Con la mirada en alto intenté olvidarme del asunto y centrarme en las explicaciones de mis compañeros de viaje sobre los rasgos tan característicos Le Corbusier , en fin, era a lo que habíamos ido. Sin embargo algo me gopeó de pleno cuando vi a traves de un ventanal de uno de los edificios unos ojos a muy baja altura que me miraban muy fijamente. Dos focos que me deslumbraban, que me cegaban. Eran como dos cañones apuntando a mi cabeza

Poco a poco mi campo de vision fue creciendo y me di cuenta de que esa persona estaba realmente a baja altura respecto al piso, al abrir más la mirada noté que los cristales sólo estaban limpios de mitad para abajo...y sólo los de la parte izquierda hasta la pequeña columna exterior...los de la derecha estaban absolutamente sucios por el paso del tiempo, algo contrario a lo que uno se inmagina al ver pegadas en ellos las letras del nombre de un niño pequeño: "JAUMA" aclaradas por el paso del tiempo pero en las que se notaba ese color alegre que un día tuvieron.

Al rato y como guiado por una fuerza estraña empece a acercarme al asiento trasero de esa bicicleta y a mover el brazo y la mano como si quisiera acariciar en el aire la figura que debía ocupar el niño pequeño. ¿porqué hacía eso?. Miraba a aquel vacío como si hubiera algo, como si ese espacio estuviera ocupado por algo tan importante que todo, todo, absolutamente todo alrededor dejase de existir y sólo hubiera ese ente y yo.

A través de aquella ventana, la figura gesticulaba con su brazo haciendo el gesto que hacía yo...Mi brazo se movía al son de una sensación que no entendía...tomaba una sentido paternal. Acariciaba esa "nada" como si realmente lo hiciera a un niño pequeño...¡como lo si lo hiciera a mi hijo!...Aun sin entender que pasaba lo hacía. Mi mano realmene estaba tocando la cara de un niño, mis dedos recorrían su moflete contraído por su sonrisa y mi cara creaba mueras cariñosas...aunque no hubiera ningún niño allí yo sentía todo eso que debe sentir un padre por su hijo.

Tras llegar a mi alma lo que debía ser la risa más pura que existe volví a mirar a la figura misteriosa de la ventana. Había cambiado su gesto. Ahora ya no eran cuchillos lo que me lanzaban esos ojos negros desde lo alto. La cara seria se había transformado en la que pone alguien después de haber sido bendecido por el amor de un niño pequeño: alegría, orgullo... Nos miramos durante lo que yo creí fueron horas. Ninguno de los dos parpadeaba. Él con su sonrisa yo con mi cara de no entender nada. Todo se rompió cuando inclinó su cabeza arriba y abajo con aprobación, como dándome las gracias. Después la cara se deslizó hacia un lado a la vez que uno de mis amigos viajeros me cogia por el hombro mientras me preguntaba si seguía vivo, que parecía una estatua. Yo le miré estrañado. ¿Qué me había pasado?

A los dos días volvimos a pasar por ahí y volví a ver la bicicleta. Seguia oxidada y en su sitio, igual que la última vez. Mire a las ventanas. Estaba limpias y ya no había rastro de las letras...Lo entendí todo. Aquello había sido una despedida. De un padre a un hijo. De un padre que ahora iba en silla de ruedas a un hijo que había muerto...Era un perdóname y un te perdono. Era una despedida de paz, de dos espíritus que se aman...como un padre y un hijo.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Me gusto el relato, no esta mal escrito, aunq hay q leerlo con cuidado para no perderse,je.Esta bien, ya te dije q podrias escribir un libro...jeje.