La Habitación Blanca

Y Luís cerró los ojos, quería irse, desaparecer, dejar de vivir esa anodina vida en la que había caído nueve meses después de que un ser despreciable le obligara a llamarle papá, y que llevaba 12 años viviendo

Pasaron unos minutos de plena oscuridad en el que punzantes imágenes atravesaban su inocencia, recuerdos vividos y situaciones reales: vejaciones en la escuela, golpes fraternales, odio, falta de amor, falta de niñez.

Al abrirlos de nuevo se vio delante de una puerta cerrada. Por las rendijas salía una luz blanca e intensa. Sintió curiosidad y decidió mover el pomo y abrirla. Al hacerlo apareció delante de un cuarto como el suyo, con su pupitre, su cama y su armario. Sin embargo las paredes eran totalmente blancas, sin los dibujos colgados, sin las fotos y sin los posters . Las estanterías estaban vacías y no había rastro de sus revisas ni de sus libros. En el armario no había ropa; también vacío. Tan solo en su escritorio una hoja de papel en blanco y un lápiz. Con intriga se acercó y se sentó frente a ese A4y lo miró fijamente. Apoyó el codo izquierdo sobre la mesa y la cabeza sobre su mano. Seguía mirando esa hoja.

Echó una vista a su alrededor, ninguna pista con la que rellenar el folio. Pronto se preguntó por lo que habría más allá de las paredes. Con la vista al frente intentó atravesar esos muros blancos a con la mirada. Con su imaginación empezó a ver a lo lejos unas montañas. Eran de un color verde intenso, tanto como el azul del cielo que las rodeaba y como el amarillo del sol de medio día que las iluminaba. Ese paisaje fue creciendo hasta llegar a donde él estaba. Una emoción extraña le embargaba. Siguió atento y se dio cuenta de que dos pequeños carruajes tirados cada uno por dos caballos que se movían a lo lejos. ¡Eran exploradores del Nuevo Mundo!

Levantó la cabeza. Desapareció ese día luminoso. Ahora era de noche, encima suyo cientos de miles de estrellas. Escuchó un ruido que se hacía cada vez más y más fuerte hasta que por encima de su cabeza pasaron rápidamente dos naves espaciales. La de detrás lanzaba rallos láser a la de delante que los esquivaba con gran agilidad. Pronto llegaron más y más refuerzos de cada una de las dos. Sin duda unos invasores espaciales querían apoderarse del planeta Tierra.

Al mirar a la derecha ya no había cohetes interestelares. Estaba ella: Esa chica de clase que le volvía loco y que no le hacía caso. Estaba junto a él mirando la cartelera de cines en un periódico, los dos sentados en la plaza mayor. Le tocaba elegir y no se estaba cortando en escoger la película más romanticona posible. “¡qué 90 minutos me esperan…!”

A la izquierda cambió la imagen y vió a sus amigos, los de verdad. Estaban en una cantina de un exótico país lejano, mirando un mapa. Les había llegado el rumor que decía que en las ruinas de un templo oculto bajo la montaña más alta del lugar había un tesoro escondido que aguardaba a que un hombre de sangre pura lo sacase. Al hacerlo, él y los demás se convertirían en los reyes echando al malvado y tirano Garzabur. Gobernarían para los pobres como los pacíficos y nobles caballeros que eran.

Bajo sus pies ningún rastro de taberna de un mundo fantástico. Había peces. Peces de todos los tamaños y todos los colores del universo. Escuchó una voz a lo lejos. ¡era del Capitán Nemo! Estaba sobre la plataforma de cristal del Nautilus, surcando bajo las aguas cien mil leguas de viaje submarino. Se sentía importante con el uniforme de segundo de abordo dirigiendo las exploraciones del fondo marino.

De vuelta a la habitación blanca se levanto de la silla con una sonrisa en la boca y se tumbó boca arriba en la cama. Apoyo su cabeza sobre sus manos y estiró las piernas. Le empezó a llenar su olfato ese aroma salado de una playa y sus oídos eran acariciados por el ruido del mar que resonaba a unos metros más allá de sus pies descalzos. También escuchaba la risa de sus padres y su hermana pequeña que jugaban a su derecha con la pelota. Incluso notaba como el Sol le cegaba a la vez que calentaba su cuerpo. Pronto una sombra cayó sobre él. Era su madre que le decía que se levantase que iban al chiringuito. Abrió los ojos y se notó en el cielo al verla sin moratones ni mala cara, al verla sonriendo. Respiró hondo como queriendo que ese momento fuera eterno. Sin embargo no lo fue.

Gritos y súplicas volvieron a taladras sus tímpanos. Una tremenda sensación de realidad se empezó a apoderar de él. Ya no estaba en esa habitación blanca. Ahora estaba en los rápidos de un río, cayendo y golpeándose cascada tras cascada con las rocas que suponían los puños de su padre, la antipatía de su madre, las vejaciones de sus compañeros de clase, la soledad. Al abrir los ojos esta vez estaba en su cama. En la de verdad. En su cuarto. Los mismos posters, los mismos dibujos, las mismas fotos, los mismos libros y las mismas revistas. Sin embargo él sonreía. Había encontrado algo. Algo que era suyo y de nadie más. Algo que nadie le podía quitar. Algo que le hacía especial y distinto a toda esa mierda que le rodeaba. Algo por lo que vivir.

No se pensó dos veces. Se levantó de la cama de un salto, lleno de energía. Cogió un folio y empezó a vivir en papel la vida que él se merecía.

Comentarios

mercedes ha dicho que…
y t qjaras q soy al 1ª en ponert un comentario y leer esta historia taaaaaannnn larga!
Una d tus mejores historias, me ha gustao si señor, mucho mejor q la d barcelona q aun no logro entender dl to (si bien es verdad no volvi a leerla pa inetentarlo).
eso si me ha matado lo de "encima suyo" la proxima vez cuida esos detalles eh!
nos vemos mañana en coruña.
moitos biquiños.
merSe
Anónimo ha dicho que…
Todo el mundo necesita encontrar algo por lo que seguir adelante, algo que le haga sentirse aunque solo sea un poco bien y agusto...
abur bobo, sige escribiendo asi.bss.
ups ha dicho que…
Ni se te ocurra vivirla en un papel, haz lo posible para vivirla de verdad.

Pero si te quieres hacer escritor, por mi perfecto
Anónimo ha dicho que…
.