Él simplemente andaba.



Llegó de trabajar a su piso en el que vivía solo. Grandes cuadros, diseño, espacio y luz eran sus únicas compañías. Disfrutaba de ellas. El parquet de su despacho había sufrido unas horas antes por la gran celebración de su exitoso proyecto. Más dinero, más fama, más ego.

Una copa de vino se le insinuaba fogosamente en su mano. Un gran sorbo apasionado dio paso a una segunda cita con la botella de tez blanca y espumosa de la cosecha del 95.

Desde el sofá veía su propio reflejo en uno de los espejos de la sala. Se levantó de su trono. Tiró la copa. Se atusó el pelo. Salió de casa. Empezó a andar.

Los bebés del parque, los perros del camino, los escaparates de ropa, los bares, los coches o los árboles. Todo le era indiferente, no quedaba nada de aquel hombre que paseaba por las aceras dibujando lo que veía. Él simplemente andaba. Lo hacía ausente, rápido y erguido. Se paró en los semáforos, dio calderilla a un mendigo. No miró a nadie a los ojos. Elegía aleatoriamente la dirección de sus pasos. Ojos al suelo, respiración por la nariz, labios pegados.

Sin darse cuenta llegó a la playa. Miró al mar. Se quedó quieto. El aire le daba en la cara y le llegaba a doler de lo frío que estaba; pero no lo sentía, o sí lo hacía pero le era ausente, indiferente.

Algo su izquierda le llamó la atención, miró desinteresado. Las escaleras número 7 le acercaban a la arena a pocos metros de donde él estaba; y bajó. Lo hizo sin quitarse los zapatos y sin remangarse los pantalones. Pisó la playa y anduvo hasta la orilla dejando dos surcos discontinuos tras de sí. Las puntas de los zapatos marcaban la arena en cada paso. Sintió los pies fríos. Siguió andando. El agua le esquivaba.

Sus ojos buscaron el infinito. En un día gris, el mar se tiñe del llanto del cielo y todo parece una misma cosa. Una misma cosa deprimente. Avanzó sin más. La playa aprovechó la oportunidad y una pequeña ola le marcó hasta casi la rodilla. Descendió la mirada. Es curioso lo poco que valen unos zapatos tan caros. La arena los empezó a cubrir. Sus pies estaban fríos. Muy fríos. Los pantalones de ese traje tan caro se pegaban a su cuerpo. No tiritaba ni se los intentaba separar. Lo notaba, pero le era indiferente.

Apenas había oleaje. Dio un par de pasos más y se sentó. Sus manos abiertas se apoyaron en la arena por detrás de su espalda. Respiró profundamente. La temperatura le paralizaba, sus músculos gritaban de sorpresa y su corazón latía con fuerza. Él se quedó quieto. Notaba un bulto en su bolsillo. El móvil. Ese de última generación. Lo sacó del bolsillo, levantó el brazo a modo de catapulta...¿pero para qué iba a lanzarlo? Ya no significaba nada. Lo guardó en el bolsillo. Se tumbó del todo. Indiferente.

Sus bocetos e ideas, sus recortes y anotaciones murieron ahogadas en la pequeña agenda de la americana que siempre llevaba con él. La sacó. La abrió. Le satisfizo mirarlas, eran buenas, sin duda. Se la volvió a meter en la americana. El papel se empezó a deshacer.

Las olas iban y venían cubriéndole cada vez más de agua, sal y arena. Poco a poco el corazón dejaba de insistir. Su piel dejaba de insistir sus músculos dejaron de insistir también. 

Le entró sueño. Respiró hondo sólo una vez más. 

Comentarios

Sara ha dicho que…
Depre? Anímate Enano...
iTor ha dicho que…
Ö

Muy trabajado y elaborado!

Final sorprendente, como en casi todos tus relatos que he leido!

Apertas Guaje!