Conducir de noche.



Anochece en la carretera. La luna brilla a modo de media sonrisa en la esquina superior izquierda de mi parabrisas. Todavía quedan tonos azules en el cielo que son recortados abruptamente por el negro perfil de las montañas lejanas. 

Las luces de mi coche sólo alumbran lo suficiente para saber hacia qué lado es la siguiente curva. No veo más. No sé nada más. Todo lo que rodea a la carretera es algo que he de obviar. Quizás cultivos, quizás laderas llenas de vegetación, quizás parajes únicos. Sigo mi camino, es en lo único en lo que puedo pensar. Es lo único que veo. 

No sé dónde estoy, ni qué hora es, sólo sé dónde quiero llegar. De tanto en tanto una señal me indica  cuánta distancia me queda por recorrer hasta llegar a mi destino. No me dice cuánto tiempo voy a tardar ni cuántas curvas he de dar. Tampoco si mi pequeño motor podrá subir las cuestas que el recorrido tenga prepararas para mí. El depósito dice estar medio lleno o medio vacío. No sé si será suficiente para llegar o deberé parar bajo algún neón brillante de los que hay a la vera de la autopista. 

Las islas de luz son espejismos. Unos son blancos, otros rojos. Están para ofrecernos cubrir las necesidades que tenemos insatisfechas en nuestro camino. Hay que saber a qué luz arrimarse. En unos encuentras la fuerza para seguir y en otros te puedes perder definitivamente. No es difícil confundirse aunque algunos lo hagan aposta. 

Los faros de los coches que vienen de frente marcan el camino que no he de recorrer si he elegido bien mi ruta. Me molestan a los ojos porque me recuerdan las veces que, en el pasado, me ha tocado deshacer los kilómetros por haber herrado en la dirección de mi viaje. Sé de sobra que lo que yendo son bajadas, a la vuelta son subidas. 

Por mi carril me encuentro a otros vehículos. Muchos van más lentos porque arrastran una pesada carga, otros me adelantan a mí, tendrán más fuerza o más urgencia por llegar. Nunca he corrido, sé que a más velocidad antes llegas a tu destino, sea tu casa o una cama de hospital. Voy al límite de la ley, no al límite de mis posibilidades. 

Aprovecho las bajadas para dejarme llevar y hacer que el motor respire más tranquilo. No sé cuántas veces lo voy a poder aflojar presión, aunque no me olvido de que, en algún momento, el recorrido me hará ascender otra vez. Si no juego bien con los pedales puede que bajando me salga de mi trayectoria y acabe ahí mi camino o puede que subiendo me confíe por la inercia y de repente me vea parado por no haberme enfrentado a la cuesta. Nunca hay que olvidarse de controlar la velocidad en la que viajamos.

Me gusta conducir de noche, porque conducir de noche es una buena metáfora de la vida.


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