El reflejo del río

Miro, apoyado en la barandilla, el otro margen del río cuyo cauce divide el sinsentido lógico de la vida moderna.

Enfrente, a ras de agua, hay piedras grisáceas y negras que abrazan y esconden los desechos artificiales tan naturales de nuestra especie. Un poco más arriba una pasarela rota de madera donde el verdín, llamado así no sin cierta ironía, se acumula negro formando verdaderas selvas a ras de pie. Más arriba empieza un muro lleno de pinturas rupestres adolescentes hechas con spray repletas de colores vivos. Sigo subiendo: piedras ordenadas, alisadas y mortificadas hacen de pared y muro para las personas. Líneas rectas para separar al humano de la naturaleza errática del río. Vida moderna.

Doy una calada al cigarro, contemplo y escucho al río. Doy otra calada

Los reflejos del agua fluyendo distorsionan la realidad. Me gusta.

Una persona, una de tantas, camina en la otra orilla. De frente no me sabe a nada, es un hombre insípido, con apariencia neutra; ropa sin memoria ni capacidad para ser recordada. Vive en la "realidad", pero no se mezcla con ella. Sin embargo, si miro hacia el caudal, su reflejo se descompone en mil pedazos que van ondeando y haciéndolo centellear. Cada segundo infinitas composiciones desordenan y combinan su figura con todo lo que le rodea. Un collage de él y de su circunstancia.

Un coche anodino que circula plano en dirección cualquiera. Sigue unas reglas inmiscibles, ordenadas y secuenciales. Luz roja, parar; luz verde, seguir. En el agua las moléculas reflejadas por él atraviesan un lienzo anárquico de entes ópticos que viven en permanente orgía: Manchas, brillos, tonos, colores, reflejos y destellos se mezclan y juegan entre sí: Disfrutan, a judgar por lo intenso del resultado.

Los edificios, regios por decreto ante las leyes arquitectónicas de las personas, son ágiles bailarines al son de las corrientes. Aquí les pondríamos una etiqueta. Ahí simplemente se dejan llevar por las ondas musicales que genera la corriente, las lluvias y las escorrentías tierra a dentro. Una ventana iluminada se marca una coreografía para deslumbrar y animar al resto. A estas horas los cristales que tapan las habitaciones todavía están tímidos, esperan a que se vaya la gente antes de salir a lucirse. La noche oscura es su mejor momento.

El río.

Por cada bocado de lógica y orden, el agua, viva bajo mis pies, me devuelve sabores relucientes que se combinan en cada instante: El color de lo racional con el color del cielo, con el color de las pintadas, con el color del edificio acristalado que está detrás mío, mezclando la escena como si una macedonia se tratara. En cada pestañeo una composición de sabores distintos. Paladeando con los ojos.

Tiro el cigarro. Me vuelvo a casa,  a la realidad ordenada donde todo está en contacto pero nada se mezcla y donde nada brilla.

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